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Rafael J. Gallé Cejudo – Anacreonte y la tradición anacreontea



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BIBLIOTECA DE RECURSOS ELECTRÓNICOS DE

HUMANIDADES



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ÁREA: CULTURA Y FILOLOGÍAS CLÁSICAS




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La erótica anacreontea es de temática heterosexual y homoerótica, pero en ella

difícilmente se encontrarán los amores descarnados, por ejemplo, de la monodia

sáfica. Se suele argumentar que en el ámbito del simposio, entre heteras, flautistas y

jovencitos erómenoi, no hay lugar para el erotismo íntimo y trascendental. Pero

tampoco es la producción amatoria de Anacreonte una sarta de poemas de verbo

erótico fácil y vacuo. Las más veces son composiciones dotadas de cierta dulzura y de

no menor intensidad, pero sobre todo de imágenes de cierta altura poética. Sirvan de

ejemplo los siguientes fragmentos: en el primero (25 G.) el poeta es templado en la

fragua del amor (primero golpeado en candente y luego sumergido en agua helada),

en el segundo ironiza con una imagen erótica tan común y recurrente como la del salto

desde la roca Léucade (94 G.) y en el tercero se debate en un furor amoris (46 G.)

inspirador a buen seguro de los muchos Odi et amo de la posteridad:



Anacr. 25 G.

Otra vez Eros, como un herrero, me ha golpeado con una gran hacha, y me ha

sumergido en un torrente invernal.



Anacr. 94 G.

Arrojándome otra vez desde la roca Leúcade me zambullo en la mar plateada borracho

de amor.



Anacr. 46 G.

Amo de nuevo y no amo, y estoy loco y no estoy loco.



Entre los jovencitos (motivo que para algún autor no responde más que a arquetipos)

la tradición nos ha legado los nombres de Cleobulo, Batilo o Esmerdis:



Anacr. 5 G.

A Cleobulo yo lo amo, por Cleobulo pierdo la cabeza, a Cleobulo busca mi mirada.



Anacr. 15 G.

Oh muchacho de mirada virginal, eres el objeto de mi deseo, pero no te das cuenta,

porque no sabes que llevas las riendas de mi corazón.



Entre las canciones dedicadas a las muchachas destaca sin duda la alegoría de

aquella que tiene como destinataria a la potranca tracia:

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Anacr. 78 G.

Potrilla tracia, ¿por qué me lanzas esa mirada torva y sin piedad huyes de mí? ¿Acaso te

parece que en nada soy experto? Pues, entérate que con esmero yo podría ponerte el

bocado, llevaría tus riendas y te haría girar en la meta. Ahora, en cambio, paces en los

prados y saltas ligera y juguetona, porque no tienes un jinete que te cabalgue con destreza.



Pero no todas las jovencitas son tan inexpertas en amores. Las heteras tienen también

un lugar destacado en la poesía anacreontea:



Anacr. 108 G.

Cariñosa eres con los huéspedes: déjame beber, que estoy sediento.



Anacr. 60 G. (POxy. 2321; texto bastante fragmentario)

otra cosa tienes la cabeza temerosa, tú, la más hermosa de las niñas. Y <tu

madre> se cree muy capaz de educarte en casa, pero tú te apacientas en prados de

en medio del gentío y provocas tal conmoción en la mayoría de los ciudadanos. ¡Ay!

trajinada, trajinada Erotima.



Como ya se ha mencionado, hay otros fragmentos en los que la sexualidad se

muestra de manera bastante más descarnada. También en estos casos los

protagonistas de los poemas son muchachos y jovencitas:



Anacr. 3 G.

Ea, tú, Esmerdis, mil veces repasado.



Anacr. 124 G.

Habiendo trenzando las cachitas con las cachitas (según Hesíquio en contexto lésbico)



Anacr. 43 G.

Ea, ofréceme al brindar, querido, tus lindos muslitos.



En otros casos el elemento sexual está envuelto en un halo de ambigüedad tan

exquisito que todavía hoy, tantos siglos después, permite seguir dudando sobre la

verdadera imagen trazada en el poema. Por ejemplo, la celebérrima muchacha lesbia

del frg. 13 ¿rechaza al poeta por ser de distinto estatus social y está boquiabierta de

atracción por otro u otra más joven o es -como todo parece apuntar- una fellatrix

atraída por un vello púbico más joven? Recuérdese que el origen lesbio más que

implicar necesariamente una conducta homosexual de la chica, respondería a una

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3. Selección bibliográfica (de autores preferentemente españoles)



La edición más completa y correcta de los fragmentos de Anacreonte es la de B. Gentili,

Anacreon (Roma, Ed. dell’Ateneo, 1958) por la que aquí citamos. Puede consultarse también,

con criterios mucho más restrictivos, la de D. L. Page, en los Poetae Melici Graeci (Oxford 1962).

La más completa traducción al castellano sigue siendo la de F. R. Adrados, Lírica griega arcaica

(Madrid, Gredos, 1980); otras traducciones parciales pueden leerse en las antologías de J.

Ferraté, (Barcelona, Sirmio, 1991, con texto griego), C. García Gual (Madrid, Alianza, 1980), J. L.

Navarro-J. Mª Rodríguez (Madrid, Akal, 1990) o E. Suárez de la Torre (Madrid, Cátedra, 2002).

En cuanto a las Anacreónticas, la edición de referencia debe ser la de M. Brioso Sánchez,

Anacreónticas (Madrid, Alma Mater, 1981) y su impecable traducción. Mucho más libre es la de

Díaz-Regañón (Madrid, Ed. Clásicas, 1990). Para el texto puede consultarse también la edición

teubneriana de M. L. West, Carmina Anacreontea (Leipzig 1984).



Estudios

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