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Etnografía Métodos de Investigación
Martyn Hamme , Paul Atkinson

Ed. Paidós, Barcelona 1994






Capítulo I


¿QUÉ ES LA ETNOGRAFÍA?


En los últimos años, entre los investigadores de varios campos ha crecido
el interés; tanto teórico como práctico, por la etnografía. En gran medida, ello se
debe a la desilusión provocada por los métodos cuantitativos, métodos que han
detentado durante mucho tiempo una posición dominante en la mayor parte de las
ciencias sociales. De todas formas, es propio de la naturaleza de los movimientos
de oposición que su cohesión sea más negativa que positiva: todo el mundo está
más o menos de acuerdo en qué es a lo que hay que oponerse, pero hay menos
acuerdo en la concepción de alternativas. Así, a lo largo de los numerosos
campos en que ha sido propuesta la etnografía, o a veces algo parecido a ella,
podemos encontrar diferencias considerables en cuanto a las prescripciones y a
la propia práctica. Existe desacuerdo sobre si la característica distintiva de la
etnografía es el registro del conocimiento cultural (Spradley, 1980), la
investigación detallada de padrones de interacción social (Gumperz, 1981) o el
análisis holístico de sociedades (Lutz, 1981). Algunas veces la etnografía se
define como esencialmente descriptiva, otras veces como una forma de registrar
narrativas orales (Walker, 1981); como contraste, sólo ocasionalmente se pone cl
énfasis en el desarrollo y verificación de teorías (Glaser y Strauss, 1967; Denzin,
1978).

Más adelante veremos cómo, para nosotros, la etnografía (o su término
cognado, «observación participante») simplemente es un método de investigación
social, aunque sea de un tipo poco común puesto que trabaja con una amplia
gama de fuentes de información. El etnógrafo, o la etnógrafa, participa,
abiertamente o de manera encubierta, de la vida cotidiana de personas durante
un tiempo relativamente extenso, viendo lo que pasa, escuchando lo que se dice,
preguntando cosas; o sea, recogiendo todo tipo de datos accesibles para poder
arrojar luz sobre los temas que él o ella han elegido estudiar.

En muchos sentidos la etnografía es la forma más básica de investigación
social. No sólo tiene una larga historia (Wax, 1971) sino que también guarda una
estrecha semejanza con la manera cómo la gente otorga sentido a las cosas de la
vida cotidiana. Algunos autores ven en ello su fuerza básica, mientras otros lo ven
como una importante debilidad. La etnografía ha sido a veces descalificada como
impropia para las ciencias sociales porque los datos e información que ella
produce son «subjetivos», meras impresiones idiosincrásicas que no pueden
proporcionar un fundamento sólido para el análisis científico riguroso. Otros
argumentan que sólo a través de la etnografía puede entenderse el sentido que
da forma y contenido a los procesos sociales. Métodos «artificiales», tales como
experimentos y entrevistas codificadas, son rechazados bajo el argumento de que
estos procedimientos son incapaces de captar el significado de las actividades

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humanas cotidianas. Realmente, debe rechazarse la noción de tina ciencia de la
vida social que explica el comportamiento humano en términos causales.

Todas las investigaciones sociales sienten la tensión entre, de un lado,
concepciones modeladas por las prácticas de las ciencias naturales, y, de otro,
por ideas sobre la especificidad del mundo social y sus implicaciones respecto a
la forma como éste debería ser estudiado. A menudo esta tensión se presenta
como una elección entre dos paradigmas en conflicto (Wilson, 1971; Johnson,
1975; Schwartz y Jacobs, 1979). Además de que, con frecuencia, son varios los
nombres dados a estos paradigmas, existe una considerable superposición dc
contenidos entre los diferentes estudios sobre el tema. Siguiendo la mayoría de
los estudios precedentes llamaremos a estos paradigmas de «positivismo» y
«naturalismo», el primero privilegiando los métodos cuantitativos, el segundo
promocio-nando la etnografía como el método central, si no el único legítimo, de
investigación social.

Desde nuestro punto de vista, las exposiciones sobre los paradigmas se
entienden mejor cuando se presentan como intentos dc reconstruir la lógica en
uso (Kaplan, 1964) de la investigación social. Desde la perspectiva, y
especialmente, en lo que respecta a la etnografía, ni el positivismo ni el
naturalismo son completamente satisfactorios. En nuestra opinión, ambos
comparten una misma suposición fundamental que está equivocada: ambos
mantienen una separación radical entre la ciencia social y su objeto. Intentaremos
mostrar cómo una vez reconocido el carácter reflexivo de la investigación social
como parte del mundo que estudia, muchos de los temas planteados por la
disputa en torno al positivismo se vuelven más fáciles de resolver, y aparece más
clara la contribución específica que puede aportar la etnografía.


Positivismo o naturalismo

Comenzaremos por examinar el positivismo y el naturalismo y sus

implicaciones en la etnografía. No obstante, se debería notar que, si bien existe
cierta afinidad entre las ideas que agrupamos bajo estos rótulos, no queremos
decir con ello que los científicos sociales puedan ser clasificados rígidamente en
uno de los dos grupos que resultan de esta división. Efectivamente, incluso
aquellos cuyos trabajos citamos para ejemplificar alguna característica de las dos
perspectivas, no necesariamente se adhieren siempre a la perspectiva in toto. En
vez de producir descripciones precisas de las perspectivas metodológicas de
determinados grupos de científicos sociales, hemos preferido identificar dos
corrientes influyentes de pensamiento sobre la naturaleza de la ciencia social en
general y de la etnografía en particular. Durante todo el libro éstas nos servirán
como referencias a partir de las cuales estableceremos nuestra propia posición.

El positivismo ha tenido una larga historia en la filosofía y alcanzó su
apogeo con el «positivismo lógico» de los años treinta y cuarenta (Kolakowski,
1972). Este movimiento tuvo una considerable influencia sobre los científicos
sociales, particularmente en la promoción del status de la investigación
experimental, de encuestas y de formas cuantitativas de análisis asociadas con
éstas. Mientras que antaño, tanto en sociología como en psicología social, las
técnicas de análisis cuantitativas y cualitativas generalmente se usaban
simultáneamente (frecuentemente por el mismo investigador), actualmente hay
una tendencia hacia la formación de tradiciones metodológicas independientes,

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conflicto entre la descripción que nos dan de la investigación social, bordeando el
realismo ingenuo, y su concepción de los actores sociales, derivada del
interaccionismo simbólico y otras formas de sociología interpretativa.

Donde el positivismo enfatiza la verificación de hipótesis, yen particular el
papel de «experimentos cruciales», el naturalismo define la investigación tomo
una exploración. Hay un fuerte paralelismo aquí con la visión de algunos de los
científicos naturales prístinos:

En los inicios de la ciencia se creía que la verdad yacía a nuestro
alrededor... estaba allí para ser tomada... esperando, como un campo de
trigo, esperando pacientemente a ser cosechado y aImacenado. La
verdad se nos revelaría a sí misma si observamos la naturaleza con la
visión amplia y la percepción inocente que se pensaba que la humanidad
había poseído en los días felices que precedieron a la condena del pecado
original..., antes que nuestros sentidos se cegaran por el prejuicio y la
ofensa. Así, la verdad sólo puede ser captada si apartamos el velo del
prejuicio y observamos las cosas tal como ellas son.

(Medawar, 1979:70}


De acuerdo con el naturalismo, antes que importar métodos dé las ciencias
físicas, debemos adoptar una aproximación que respete la naturaleza del mundo
social y que permita revelarnos su naturaleza. Algunas veces este argumento
toma una dimensión política porque el objeto que se estudia en la investigación
social son personas que tienen sus propios puntos de vista, perspectivas que a
través de sus acciones también moldean el mundo social. La teoría interaccionista
muestra cómo algunos grupos poderosos son capaces de imponer a otros sus
«definiciones de la realidad", y que este análisis es perfectamente aplicable a la
investigación social, concluyendo que la ciencia no debería colaborar así con la
opresión social. Como respuesta a esto, la tarea investigadora se redefine como
comprensiva con las perspectivas de los actores sociales, en especial con las de
los «dominados" (Becker, 1967; Gouldner, 1968).
Aunque es un buen antídoto para la exagerada preocupación del
positivismo con la verificación de hipótesis, esta metodología inductista está
fundamentalmente equivocada. ¿Cómo podemos descubrir la naturaleza del
mundo social sin emplear algún tipo de método? Efectivamente, ¿no es
precisamente el descubrimiento de sociales? Mientras que algunos métodos
pueden ser más estructurados y selectivos que otros, cualquier investigación
exploratoria, sin duda, envuelve selección e interpretación. Incluso en los estudios
a más pequeña escala, no podríamos emprender una descripción de todos los
fenómenos; cualquier descripción que produjamos estará inevitablemente basada
sobre inferencias. Así, por ejemplo, cuando procedemos a descubrir una cultura,
operamos sobre el supuesto de que existen “cosas” a las que se llama culturas y
que tenemos alguna idea de cómo son; y, entre lo que observamos,
seleccionamos para el análisis los aspectos que juzgamos sean “culturales”. Si
bien es verdad que no hay nada malo en tales descripciones culturales, el tipo de
metodología empirista propia del naturalismo lleva la teoría implícita y, así, impide
sistemáticamente su desarrollo y verificación.
Uno de los predicados más importantes del naturalismo es que todas las
perspectivas y culturas son racionales. Comprender una cultura se convierte en
el primer requisito, y cualquier intento de explicarla en términos de intereses
materiales o distorsiones ideológicas es vista como incompatible con tal
comprensión. Aquí confunden la notable diferencia que hay entre inteligibilidad y

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validación. Las perspectivas no tienen por qué ser verdadera para ser inteligentes,
aunque es necesario decir que toda ciencia debe asumir que la verdad es
inteligible. El naturalismo adopta la suposición, bastante común pero errónea, de
que sólo las falsas creencias pueden ser explicadas sociológicamente, lo que
conduce a un relativismo-la imposibilidad de cualquier conocimiento, el coste es,
de cualquier modo, bastante alto: la investigación social se limita a la descripción
cultura. Ir más allá equivaldría a decir que las culturas estudiadas son artificiales,
producto de causas sociales, en vez de ser los miembros de esa cultura los que
constituyen la realidad.
Esta es una conclusión paradójica. En cuanto los miembros de una cultura
pueden, libre y legítimamente, contrastar las representaciones con los hechos, y
frecuentemente usan explicaciones causales para referirse al comportamiento de
otros, el científico social no puede hacer esto su pena de ser acusado de
«distorsionar la realidad". La vía de escape que el naturalismo tiene para huir del
relativismo consiste en aplicar teorías diferentes a la forma en que investigadores
sociales de un lado y miembros de una cultural de otro, que al mundo social. Las
restricciones que se imponen a la investigación social hacen que ésta se limite a
la descripción cultural, y sirven para mantener separadas esas dos teorías y
prevenirlas de entrar en conflicto.

En efecto, lo que tenemos aquí es la misma distinción entre ciencia y
sentido común que residía en el corazón del positivismo. Aunque el naturalismo
conceptualiza la ciencia y el sentido común de forma muy diferente e invierte su
status y su poder, la distinción permanece. Esta distinción es similar a la adoptada
en muchas ocupaciones y frecuentemente planteada por científicos sociales al
respecto del conocimiento profano y profesional. Por supuesto que la cuestión de
establecer quién es profesional y quién es lego, es relativa a una determinada
ocupación, pero el contraste entre ciencia y sentido común, como otras
estrategias usadas por los profesionales para resaltar su sabiduría frente a la
ignorancia del resto de los legos, oscurece la realidad. Efectivamente, la distinción
entre ciencia y sentido común, ya sea usada por el positivismo o por el
naturalismo, viene a querer decir que la ciencia es muy diferente a la sociedad y
que los científicos, qua científicos, son bastante diferentes a la gente en general.

Reflexividad


La separación entre ciencia y sentido común, entre las actividades del
investigador y las de los investigados, permanece en el centro tanto del
positivismo como del naturalismo. Es esto lo que lleva a la obsesión que ambos
tienen por eliminar los efectos del investigador sobre los datos. Para unos la
solución es la estandarización de los procedimientos de investigación, para los
otros es la experiencia directa del mundo social, cuya versión extrema sería
aconsejar al etnógrafo para que se «rinda» a las culturas que desea estudiar
(Wolff, 1964; Jules-Rosette, 1978). Ambas posiciones asumen que es posible, al
menos en teoría, aislar una serie de datos no contaminados por el investigador,
posible en cuanto él o ella se han vuelto autómatas o receptores neutrales de
experiencias culturales. Sin embargo, es inútil perseguir este tipo de cosas en la
investigación empírica puesto que todo tipo de datos presupone un trasfondo
teórico (Hanson, 1958)

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entre sí. Como ya notamos, la experimentación está fundada sobre la lógica de la
comparación. Además, lo que se pierde en el control de variables puede "ser
compensado por el riesgo reducido de invalidación ecológica. Puesto que los
procesos sociales se investigan en lugares cotidianos y no en lugares
establecidos para los propósitos de investigación, se minimiza el peligro de que
los resultados sólo sean aplicables a situaciones de investigación.
Adicionalmente, el uso que la etnografía hace de múltiples fuentes de información
es también una gran ventaja. Ello evita el riesgo que resulta de confiar apenas en
un solo tipo de información y posibilidad de que las conclusiones sean
dependientes del método. El carácter multifacético de la etnografia proporciona la
base para la triangulación en que diferentes clases de información pueden ser
sistemáticamente comparadas (véase capítulo 8). Desde nuestro punto de vista,
ésta es la manera más efectiva para controlar las reacciones y otras amenazas a
la validación.

Los trabajos de Hargreaves (1967). Lacey (1970). y Hall (1981) sobre las
actitudes de alumnos hacia la escuela proporcionan un buen ejemplo de la forma
como se puede usar la etnografía para comprobar la teoría. Ellos arguyen que el
método usado por las escuelas para diferenciar a los alumnos siguiendo criterios
académicos y de comportamiento, especialmente vía localización homogénea en
aulas según el rendimiento académico, los polariza en sub-culturas pro y
antiescolares. A su vez, estas subculturas moldean el comportamiento de los
alumnos dentro y fuera de la escuela y afecta su nivel de rendimiento escolar.
Esta teoría se comprueba mediante ejemplos ilustrativos de tres tipos de escuela
secundaria: secondary modern (Hargreaves), comprehensive school* (Lacey), y
grammar school (Ball).** Además, en el caso de grammar school, debido a que los
nuevos alumnos ya han sido fuertemente enculturados en los valores de la
institución en sus años de primaria, una variable crucial para la explicación del
proceso de polarización (el trasfondo doméstico) está parcialmente controlada. De
forma similar, en su estudio sobre Beachside Comprehensive, Hall examina los
efectos del cambio del agrupamiento homogéneo a un agrupamiento que mezcla
alumnos con habilidades diferentes, mostrando cómo con ello se aminora la
polarización. Si tomamos estos estudios juntos nos damos cuenta de que la teoría
está bien fundamentada, aunque no nos aporta una prueba absolutamente
conclusiva. Pero tampoco existe ningún otro método que nos la dé.

Conclusión


Hemos examinado dos lógicas contrastadas de investigación social y sus
implicaciones para la etnografía. Ni el positivismo ni el naturalismo nos
proporcionan una estructura adecuada para la investigación social. Ambos
desconsideran su reflexibidad fundamental, el hecho de que hacemos parte del
mundo que estamos estudiando, y que no hay cómo escapar a la inevitabilidad de
confiar en el conocimiento del sentido común y en métodos de investigación
basados en el sentido común. Toda investigación social se basa en la capacidad
humana de realizar observación participante. Actuamos en el mundo social y

* Comprehensive School. Escuela que mezcla en las aulas a alumnos con diferentes rendimientos
académicos.
** Grammar School. Escuela donde se imparten contenidos académicos como diferentes a los
técnicos

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somos capaces de vernos a nosotros y nuestras acciones como objetos de ese
mundo. Al incluir nuestro propio papel dentro del foco de investigación y explotar
sistemáticamente nuestra participación como investigadores en el mundo que
estamos estudiando, podemos desarrollar y comprobar la teoría sin tener que
hacer llamamientos inútiles al empirismo, ya sea en su variedad naturalista o
positivista.

Redefinir la investigación social en términos de su reflexividad también
ilumina la comprensión de la función de la etnografía. Ciertamente es difícilmente
justificable la visión de que la etnografía representa un paradigma alternativo a la
investigación cuantitativa. Por otra parte, supone una contribución a las ciencias
sociales mucho más poderosa que la que admite el positivismo. El resto del libro
está dedicado a detallar detenidamente las implicaciones que la reflexividad tiene
para la práctica etnográfica.

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