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                            EL LENGUAJE, LA PERSUASIÓN Y LAS PASIONES
                        
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Fecha de recepción: noviembre 30 de 2005
Fecha de aceptación: enero 12 de 2006



EL LENGUAJE, LA PERSUASIÓN Y LAS PASIONES




Por: Luz Gloria Cárdenas Mejía
Universidad de Antioquia

[email protected]




Resumen. John L. Austin estableció desde su teoría de los actos de habla, que la persuasión es un acto perlocucionario, es decir,
uno de los efectos producido por un hablante sobre otro mediante un discurso. Aristóteles ya había definido la retórica como la
facultad de considerar en cada caso lo que cabe para persuadir. Aquí nos proponemos mostrar que para Aristóteles la
persuasión se produce, ciertamente, por el discurso, pero que las pasiones también son necesarias para producirla. Si esto es
así, ellas deben poder expresarse mediante el lenguaje discursivo. Con el fin de demostrar lo anterior, vamos a proceder de la
siguiente manera: Primero se señala la conexión que se establece entre persuasión y opinión, y de ésta con la palabra.
Segundo, dado lo anterior, se precisa que además de que el hombre se comunica —algo que también hacen los animales—,
también se expresa mediante el lenguaje discursivo. Finalmente, haremos la siguiente consideración: si mediante las pasiones
se producen cambios en el cuerpo, y ellas mismas son sentidas por el alma, entonces, sobre ellas el hombre también podría
construir enunciados.


Palabras claves. Aristóteles, lenguaje, persuasión, pasiones.

Summary. Contemporarily, Austin, based on his theories of the acts of speech, established that persuasion is a “perlocutionary”

act, it is an effect, among others, produced by a speaker on another by means of a speech. Aristotle defined Rethoric as the
faculty of considering in each case what is useful to persuade. As the first part of our work points out, persuasion, for Aristotle,
is produced through discourse. If this is so, and if passions are also necessary for its production, they must be able to be
expressed using language. With the intention of demonstrating this, we proceed in the following manner: first, the connection
between Persuasion and Opinión, as well as the connection between the latter with Words, will be dealt with. Second, given this
connection a precision is made that furthermore than the fact that man communicates, something that animals do as well, he
also expresses himself through language. And we will finally make the following consideration: if by means of the passions
changes take place not only in the body but are felt by the soul, man could also build enunciations that refer to them.


Key words. Aristotle, language, persuasion, passions.


Para una lectura de la retórica

Debido a los múltiples y extensos trabajos que hoy tenemos sobre la retórica de Aristóteles, es
preciso establecer el sentido que tiene nuestra investigación.1 Podemos al menos, a grandes rasgos,
establecer tres líneas de trabajo: Una que se ocupa de la autenticidad y la fecha de elaboración de lo que
hoy conservamos como Retórica, la cual ciertamente es heredera de lo que en su momento realizó W.
Jaeger.2 Otra, en la que se trata de interpretar el verdadero sentido que esta obra pudo tener para
Aristóteles, esto es, no que esta obra sea un mero manual entre otros3 que continúa el desarrollo de la


Este artículo hace parte del trabajo que vengo desarrollando en la Investigación doctoral La retórica, las

pasiones y la persuasión, con apoyo del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia desde el 01
de agosto de 2004.
1 Un trabajo previo a lo que se desarrollará a continuación fue realizado en: Vargas Guillén Germán;
Cárdenas Mejía Luz Gloria. Retórica, poética y formación. De las pasiones al entimema. Bogotá,
Universidad Pedagógica Nacional–Universidad de Antioquia, 2005.
2 Jaeger, W. (1923). Aristóteles. México, Fondo de Cultura Económica, 1984. En esta obra no hay un
análisis específico sobre la Retórica. En Düring. (1966). Aristóteles. México, Universidad Nacional
Autónoma de México, 1990, sí se encuentra un estudio sobre la autenticidad de los distintos libros de la
Retórica y la época posible de su elaboración. Vide pp. 193–205.
3 “La Retórica puede parecer a primera vista una curiosa amalgama de crítica literaria y de lógica, de
ética, de política y de jurisprudencia de segundo orden, mezcladas hábilmente por un hombre que conoce
bien las debilidades del corazón humano y sabe cómo jugar con ellas. Para comprender bien la obra es
esencial no perder de vista su objeto puramente práctico. No es una obra teórica sobre las materias que
acabamos de enumerar; es un manual para el uso del orador”. Ross, W.D. (1923). Aristóteles. Buenos
Aires, Editorial Charcas, 1981, p. 392.

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pasiones entran a formar parte de los discursos, de tal manera que pueden ser comunicadas a otros y
constituirse igualmente en opiniones aceptadas por una determinada comunidad.

Empecemos entonces por trazar un camino para nuestra indagación. En ella haremos uso no sólo
de la Retórica sino también de los diferentes textos que conservamos de Aristóteles. Encontramos una
justificación para esto en el hecho de que él mismo en su trabajo sobre la retórica remite constantemente a
sus diferentes obras. Nos remitiremos no sólo a las obras que él menciona de manera explícita, sino
también a otras que ayudan a la comprensión de los diversos asuntos a los que nos enfrentemos en nuestra
indagación. Somos conscientes de que éstas últimas pueden pertenecer a diferentes épocas de su
investigación pues, o bien son elaboraciones previas, o bien son posteriores a la redacción de la Retórica;
sin embargo con ellas se pueden aclarar, por lo ya establecido o por lo que más adelante se precisa, su
pensamiento. Con esto, en cierta manera, seguimos la nueva dirección que le dio Pierre Aubenque17 a los
estudios sobre Aristóteles, la cual se enfocó más bien sobre los problemas de investigación del Estagirita
y no tanto en la datación de sus escritos. Pero nosotros, desde la recepción que de la retórica hacen los
actuales pensadores, haremos énfasis sobre el tema de las pasiones en la retórica, precisamente, porque no
ha sido suficientemente estudiado en la dirección que se propone en esta investigación, no obstante
suscitar nuevas cuestiones para el pensamiento actual.



El lenguaje y la persuasión

John L. Austin estableció desde su teoría de los actos de habla que la persuasión es un acto
perlocucionario, es decir, un efecto entre otros producido por un hablante sobre otro mediante un
discurso.18 Aristóteles definió la retórica como la facultad de considerar en cada caso lo que cabe para
persuadir.19 Como vamos a señalar en esta primera parte de nuestro trabajo, para Aristóteles la persuasión
se produce por el discurso, de tal modo que si esto es así, y si las pasiones también son necesarias para
producirla, ellas se deben poder expresar mediante el lenguaje. Con el fin de demostrar lo anterior, vamos
a proceder de la siguiente manera. Primero se señala la conexión que se establece entre persuasión y
opinión y de ésta con la palabra. Segundo, dado lo anterior, se precisa que además de que el hombre se
comunica, algo que también hacen los animales, también se expresa mediante el lenguaje discursivo.
Finalmente haremos la siguiente consideración: si mediante las pasiones no sólo se producen cambios en
el cuerpo sino que ellas mismas son sentidas por el alma, entonces, sobre ellas el hombre también podría
construir enunciados.



El lenguaje

Partiremos de la siguiente afirmación que se encuentra en Acerca del alma en la que
explícitamente se asegura que no es posible la persuasión sino se da la palabra:

La opinión , va siempre acompañada de convicción —no es desde luego, posible, mantener una
opinión si no se está convencido— y en ninguna bestia se da convicción a pesar de que muchas de ellas poseen
imaginación. Además, toda opinión implica convicción, la convicción implica haber sido persuadido y la
persuasión implica la palabra .20

Si es un hecho que la convicción implica haber sido persuadido mediante la palabra, ésta debe ser
pronunciada por alguien. Esto supone, como veremos en Aristóteles, no sólo que hay comunicación —
como es el caso para algunos animales—, sino que el hombre puede emitir una opinión, y esto sólo puede
hacerlo al expresarla mediante el lenguaje discursivo, para que quien la escuche pueda aceptarla o no,
según esté o no convencido.


17 Cf. Aubenque, P. Le problème de l’être chez Aristote. Paris, Presses Universitaires de France, 1962, pp.
2–13.
18 Austin ubica la retórica en los actos de habla que producen efectos “realizamos actos perlocucionarios;
los que producimos o logramos porque decimos algo, tales como convencer, persuadir, disuadir, e incluso
digamos, sorprender o confundir”. Austin, J.L. Cómo hacer cosas con palabras. Barcelona, Paidós, 1990,
p. 154.
19 Aristóteles. Retórica. Trad. Quintín Racionero, Madrid, Gredos, 1994, I, 2, 1355b 25–26.
20 Aristóteles. Acerca del Alma. Trad. Tomás Calvo Martínez. Madrid, Gredos, 1988, III, 3, 428a 20–24.

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En Investigación de los animales aparece la diferencia que hace Aristóteles entre lenguaje
dialectos, ruido psophós y voz phoné, desde sus características físicas y orgánicas21

Voz y ruido son dos cosas distintas, y el lenguaje una tercera. Pues bien, en cuanto a la voz ningún animal la emite
por otro órgano que la laringe. Así los animales que no tienen pulmón, no tienen tampoco voz. El lenguaje es la
articulación de la voz por la lengua. Ahora bien, la voz con la ayuda de la lengua, emite los sonidos vocálicos, y la
lengua, con los labios, las consonantes, y ambos constituyen el lenguaje.22

Y añade Aristóteles que aunque los cuadrúpedos vivíparos emiten cada especie una voz diferente,
ninguno tiene un lenguaje articulado,23 lo cual se debe a que el hombre es esencialmente diferente de los
demás animales (IV, 536b 1–3). Ruido, voz y lenguaje son especies de un mismo género de fenómenos,
todos en sentido general son sonidos , los cuales son definidos en Acerca del Alma como lo que se
produce por algo, contra algo y en algo (II, 8, 419b 10). Mientras que el ruido puede ser producido por el
golpe de un objeto contra otro, la voz sólo es emitida por algunos animales; mediante ella, por ejemplo, se
invita al acoplamiento, a pelear, etc. Pero sólo el hombre al articular los sonidos puede moldearlos (IV,
536b 20) y combinarlos de diversas maneras con el fin de construir el lenguaje. Con esto, ya no sólo se
comunica como lo hacen los animales para poder satisfacer sus necesidades naturales, sino que él mismo
puede configurar su propio modo de expresión. Veamos qué quiere decir esto.

Al combinar los sonidos vocálicos y consonánticos el hombre da forma a nombres y verbos que
son, por así decir, los ‘seres de discurso’. El nombre es “un sonido significativo por convención sin
indicar tiempo, y ninguna de cuyas partes es significativa por separado”;24 el verbo
cosignifica tiempo. Ni las vocales, ni las consonantes tomadas aisladamente significan; sólo algunas de
sus posibles combinaciones pueden tener significado y así el hombre puede nombrar las cosas con ellas, y
al hacerlo las identifica o diferencia unas con respecto a otras, precisa sus relaciones, o bien determina de
qué manera ellas ocurren o suceden.

De manera análoga a como un artista modela con un determinado material una obra, el hombre lo hace
con el lenguaje desde los sonidos. Para que tales combinaciones de sonidos hechas por el hombre, como
ya vimos, puedan ser específicamente significativas para otros, deben ser establecidas mediante un
acuerdo o convención. Esto último sólo es posible si se convierten en símbolos: “Ninguno de los nombres
lo es por naturaleza, sino sólo cuando se convierte en símbolo; puesto que también indican algo los
sonidos inarticulados, v.g.; de los animales, ninguno de los cuales es un nombre” (2, 16a 26–29).
Nombres y verbos significan sólo si son símbolos y significan, porque así ha sido establecido. ¿Cómo ha
sido esto posible? Aristóteles al comienzo de este tratado ha dicho:

Lo que hay en el sonido , son símbolos de las afecciones que hay en el alma,
y la escritura es símbolo de lo que hay en el sonido. Y, así como las letras no son las mismas para todos,

tampoco los sonidos son los mismos. Ahora bien, aquello de lo que estas cosas son signos primordialmente, las
afecciones del alma, son las mismas para todos, y aquello de lo que éstas son semejanzas , las cosas

, también son las mismas (1, 16a 3–6).25


21 Vide los comentarios de Tricot a este pasaje en su traducción al francés. Aristote. Histoire des Animaux.
Paris, Librairie Philosophique J. Vrin, 1987, Nota 4, pp. 262–263.
22 Aristóteles. Investigación sobre los animales. Trad. Julio Pallí Bonet. Madrid, Gredos, 1992, 535a 30
535b 1–3.
23 Vide Ronchi, Ronco. La verdad en el espejo. Los presocráticos y el alba de la filosofía. Madrid, Akal,
1996, p. 31. Este autor muestra lo que significó la articulación de vocales y consonantes para el
pensamiento humano. “Sólo el alfabeto griego, el único que entonces podía considerarse “alfabeto” en
sentido estricto, produce un admirable espejo en el que la lengua viva puede mirarse y reflejarse
libremente con toda la riqueza expresiva, sin limitaciones de ningún tipo. Y allí sigue operando un
análisis de la voz que descubre en el fondo de ella, como sus constituyentes inmateriales, elementos no
sensibles “átomos ideales” (grámmata) a partir de las cuales se reconstruye de modo unívoco la totalidad
de la lengua viva”.
24 Aristóteles. Tratados de Lógica (Órganon) II. Sobre Interpretación. Trad. Miguel Candel Sanmartín.
Madrid, Gredos, 1988, 2, 16a 19–21.
25 Este pasaje es uno de los más comentados por los traductores de Aristóteles. Tricot afirma en su
traducción De l’interpretation (Paris, Librairie Philosophique J. Vrin, 1997, p. 77), que la palabra

tiene en la física aristotélica un sentido muy diferente y remite a su traducción De la
Génération et de la Corruption (Paris, Librairie Philosophique J. Vrin, 1998, nota 1, p. 109), en la cual
afirma que Aristóteles entiende por factores complementarios. Marcello Zanata en su
traducción al italiano (Aristotele. Della Interpretazione. Milano, R.C.S. Libri & Grandi Opere S.p. A.,

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Con este texto precisamos que tanto los sonidos como las letras no indican de manera natural las
cosas, ellos son sólo símbolos, pero símbolos de las afecciones del alma, las cuales a su vez son sólo
semejantes a las cosas. Con la distinción que realiza Aristóteles entre signos, símbolos y semejanzas, se
marca precisamente la distancia que se abre entre cosas, afecciones y lenguaje (sonidos y letras). Con tal
distancia se radicaliza aún más la diferencia entre los animales y el hombre, un mundo complejo de
relaciones que precisamente va a generar múltiples y variadas formas de lenguajes orales y escritos.

En un pasaje posterior en el mismo texto, Aristóteles nos dice que las nociones están en el
alma, sin precisar si éstas aparecen con el alma, si el alma las forma, o si lo hace, cómo es ello posible.26
En todo caso, el autor quiere indicar únicamente, que de manera semejante a como el alma las compone y
las separa, así también lo hace cuando combina los nombres y los verbos con los cuales forma los
enunciados :

[En el] alma hay, a veces, una noción sin que signifique verdad o falsedad y otras veces, la hay también, de modo
que necesariamente ha de darse en ella una de las dos cosas, así también ocurre en el sonido: en efecto lo falso y lo
verdadero giran en torno a la composición y la división. Así pues los nombres y los verbos, por sí mismos, se
asemejan a la noción sin composición ni división (1, 16a 10–14).

La anterior precisión es importante en la medida en que permite decir de qué manera mediante el
lenguaje es posible enunciar tanto la verdad como la falsedad. Aunque el objeto de este pequeño tratado
es el estudio de tales enunciados, Aristóteles nos dice que hay, a su vez, otros tipos de enunciados como
la plegaria, por ejemplo, en la que no se enuncia ni la verdad ni la falsedad. Pero dice que se va ocupar de
esos otros tipos de enunciados en la Retórica y en la Poética (4, 17a 3–4). Esta indicación reviste para
nosotros una gran importancia, pues de hecho el autor reconoce que hay diversos efectos que se pueden
producir mediante el lenguaje, y que nosotros podemos extender desde la plegaria hasta la persuasión.27



Las afecciones

Precisemos ahora lo que tiene que ver con las afecciones que, según Aristóteles, son simbolizadas
mediante los sonidos y éstos a su vez mediante la escritura. Tanto en los animales como en el hombre
aparecen lo que se puede denominar estados psicológicos o estados del alma .28

Existen, en efecto, en la mayoría de los animales, huellas de estos estados psicológicos que, en los hombres,
ofrecen diferencias más notables. Así, la docilidad o ferocidad, dulzura o aspereza, coraje o cobardía, temor u
osadía, apasionamiento o malicia, y en el plano intelectual una cierta sagacidad, son semejanzas que se dan entre
muchos animales y la especie humana y que recuerdan las analogías orgánicas de las que hemos hablado a
propósito de las partes del cuerpo (VIII, 588a 20–25).29


1996. p. 138–144), comenta ampliamente este pasaje y hace referencia a las diferentes interpretaciones
que se han suscitado y las referencias que se pueden hacer a otras obras de Aristóteles, a Generación y
corrupción como lo hace Tricot, a De la sensación y de lo sensible, a la Retórica. De este pasaje también
encontramos una interesante discusión en: Aubenque, P. Le problème de l’être…, pp. 106–118.
26 Sería preciso recorrer y explicar todas las facultades del alma para poder entender cómo llega el alma a
estas nociones. Por el momento basta con indicar esto.
27 Las diferencias que Austin realizó de los diferentes actos de habla dieron lugar a numerosas discusiones
en la época contemporánea sobre si los enunciados sobre la verdad o la falsedad son actos ilocutivos o
perlocutivos, para Searle son ilocutivos. Vale la pena recoger aquí la siguiente precisión de J. Searle con
respecto a los actos perlocucionarios, entre los cuales está la persuasión: “Correlativamente a la noción de
actos ilocucionarios está la noción de las consecuencias o efectos que tales actos tienen sobre las acciones,
pensamientos o creencias, etc., de los oyentes. Por ejemplo, mediante una argumentación yo puedo
persuadir o convencer a alguien, al aconsejarle puedo asustarle o alarmarle, al hacer una petición puedo
lograr que él haga algo, al informarle puedo convencerle (instruirle, elevarle —espiritualmente—,
inspirarle, lograr que se de cuenta). Las expresiones en cursiva denotan actos perlocucionarios”. En:
Searle, J. Actos de habla. Madrid, Cátedra, Teorema, 2001, p. 34
28 Histoire des Animaux. Op. cit. Tricot dice que este término tiene el mismo sentido que . Nota 2, p.
491.
29 En la obra de Nuyens publicada en 1939 Ontwikkelingsmomenten in de zielkunde von Aristoteles, de la
cual tenemos una traducción al francés, se anota la importancia que para la psicología de Aristóteles
tienen estos estudios, que él denomina de biología comparada, para su concepción del alma y del cuerpo.
Ver: Nuyens, F. L’evolution de la Psycologie d’Aristote, Louvain, Éditions de l’Institut Supérieur de
Philosophie, 1973, pp. 147–158.

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Dada la anterior semejanza podemos volver a la distinción entre los animales y el hombre, mediante la
cual se pone de manifiesto cómo éste último es el único capaz de lenguaje. Para ello, plateemos la
siguiente pregunta: si, como dice Aristóteles, los sonidos son símbolos de las afecciones del alma —entre
las que están incluidas las pasiones—, ¿pueden estas últimas ser expresadas mediante el lenguaje? En
Acerca del alma Aristóteles plantea la siguiente dificultad para nuestra pregunta:30



Las afecciones del alma, por su parte, presentan además la dificultad de si todas ellas son también comunes al
cuerpo que posee alma o sí, por el contrario, hay alguna que sea exclusiva del alma misma. Captar esto es, desde
luego necesario, pero nada fácil. En la mayoría de los casos se puede observar cómo el alma no hace nada ni
padece nada sin el cuerpo, por ejemplo, encolerizarse, envalentonarse, apetecer, sentir en general. No obstante, el
inteligir parece algo particularmente exclusivo de ella; pero ni esto siquiera podrá tener lugar sin el cuerpo si es
que se trata de un cierto tipo de imaginación o de algo que no se da sin imaginación (I, 1, 403a 3–10).

En este pasaje, según Rodier, el término afección es sinónimo de
.31 Esto parece ser así, pues aquí con este término se alude tanto al sentir como al inteligir, y no a lo

que en la Retórica se significa con este término, el cual se restringe de manera exclusiva a lo que allí se
denominan las pasiones. Lo que sí se puede afirmar, desde este pasaje, es que cosas como el encolerizarse
o el envalentonarse, que pueden ser denominadas pasiones, según la Retórica, son incluidas de manera
general en lo que aquí se denomina afecciones, las cuales ciertamente no se dan sin el cuerpo pero, como
bien lo precisa Aristóteles, son sentidas también por el alma, lo cual las diferenciaría a su vez de aquellos
movimientos que son exclusivamente de carácter fisiológico, como por ejemplo el movimiento del
corazón o la circulación de la sangre.

Así lo manifiesta Aristóteles al plantear otra dificultad:

Del mismo modo parece que las afecciones del alma se dan con el cuerpo: valor, dulzura, miedo, compasión,
osadía, así como la alegría, el amor y el odio. El cuerpo, desde luego, resulta afectado conjuntamente en todos
estos casos. Lo pone de manifiesto el hecho de que unas veces no se produce ira ni terror por más que concurran
afecciones violentas y palpables mientras que otras veces se produce la conmoción bajo el influjo de afecciones
pequeñas e imperceptibles —por ejemplo, cuando el cuerpo se halla excitado y en una situación semejante a
cuando uno se encuentra encolerizado—. Pero he aquí un caso más claro aún: cuando se experimentan las
afecciones propias del que está aterrorizado sin que esté presente objeto terrorífico alguno. Por consiguiente, y si
esto es así, está claro que las afecciones son formas inherentes a la materia. De manera que las definiciones han de
ser de este tipo: el encolerizarse es un movimiento de tal cuerpo o de tal parte o potencia producido por tal causa
con tal fin. De donde resulta que corresponde al físico ocuparse del alma, bien de toda alma bien de esta clase de
alma en concreto. Por otra parte, el físico y el dialéctico definirían de diferente manera cada una de estas
afecciones, por ejemplo, qué es la ira: el uno hablaría del deseo de venganza o de algo por el estilo, mientras que el
otro hablaría de la ebullición de la sangre o del elemento caliente alrededor del corazón. El uno daría cuenta de la
materia mientras el otro daría cuenta de la forma específica y de la definición. Pues la definición es la forma
específica de cada cosa y su existencia implica que ha de darse necesariamente en tal tipo de materia” (I, 1, 403a
16–31 – 403b 1–3).

En este pasaje vemos que Aristóteles considera que con las afecciones se producen cambios en el
cuerpo, los cuales son sentidos también por el alma. De esto se sigue que de las afecciones se podrán
hacer tanto descripciones físicas como construir definiciones dialécticas. De hecho, en el libro II de la
Retórica encontramos una serie de definiciones dialécticas sobre las pasiones, semejantes a las que
propone aquí Aristóteles. Por ejemplo, aquí se afirma que el dialéctico diría que la ira es un deseo de
venganza, pero en la Retórica encontramos por supuesto una definición bastante más elaborada:
“Admitamos que la ira es un apetito penoso de venganza por causa de un desprecio manifestado contra
uno mismo o contra los que nos son próximos, sin que hubiera razón para tal desprecio” (II, 2, 1378 a 30).
Estas reflexiones nos permiten colegir que Aristóteles reconoce que con las pasiones el cuerpo y el alma
son afectados conjuntamente. Siendo esto así, entonces, el hombre las simbolizará mediante el lenguaje,
construirá enunciados y, con ellos, definiciones dialécticas como las que encontramos en el Libro II de la
Retórica, las cuales pueden hacer parte de los razonamientos retóricos. Según esto, podemos afirmar que
en el caso de la retórica de Aristóteles las pasiones son estados de ánimo que no sólo pueden acompañar
el discurso o producirse mediante determinados discursos, sino que ellas mismas pueden promover


30 Aunque es cierto que en estos pasajes el interés de Aristóteles es plantear las dificultades a las que se
enfrenta al estudiar el alma y el cuerpo, nosotros sólo queremos indicar con estas referencias la forma en
que Aristóteles presenta los casos en los cuales, con determinadas afecciones conjuntamente siente el
alma y se dan cambios en el cuerpo. Esto nos permitiría decir que el hombre, al poseer el lenguaje, puede
a su vez enunciar sus afecciones.
31 Cf. Aristote. Traité de l’ame. Tomo I. Traduit et annote para G. Rodier. Paris, Ernest Leroux, Editeur,
1900, p. 26. Que remite a su vez a la p. 8.

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