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Donald Davidson

Mente, mundo j acción
Claves para una interpretación

Introducción y traducción de Carlos Moya

Ediciones Paidós
I.C.E. de la Universidad Autónoma de Barcelona
Barcelona - Buenos Aires - México

Page 2

Titulo original: Th e M yth o f the Subjective
A Coherence TTieóry ofTruth and Knowledge
Dec.eption and División
Knowing One ’s Own M ind
The conditions o f Thought

Publicado en inglés en Be.ivusstsein. Sprache und Kunst; Kant
oder Hegel; The Múltiple Self;
Proceedings and. Adresses o f the
American Phtíosophical Association y
Le Cahier du Collége International de
Phüosophie respectivamente

Traducción de Carlos Moya Espi
Cubierta de Mario Eskenazi y Pablo Martín

1.a edición, 1992
Q u e d a n r ig u ro sam en te p ro h ib id as , sin la a u lo riw c ió n e scrita de los titu la re s d d “Copyright'* ,
bajo las sanc iones e stab lec idas vxí las leyes, iu rep ro d u cc ió n to ta i o parc ia l dííesJa a b ra p o r c u a l­
q u ie r m ed io o p ro c e d im ien to , c o m p ren d id o s la rep ro g ra f ía y el. t r a ta m ie n to in fo rm á tic o , y
la d is trib u c ió n do e jem p la res de e lla m e d ia n te akp iá le r o p ré s ta m o públicos.

© by Donald Davidson
© de esta edición

Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 92 - 0,8021 Barcelona, e
Instituto de Ciencias de la Educación
de la Universidad Autónoma de Barcelona, 08195 Bellaterra

ISBN 84-7509-790-1
Depósito legal: B-17.542/1992
Impreso en Nova-Grafik, S.A.
Puigcerdá, 127 - 08019 Barcelona
Impreso en España - Print.ed m Spain

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necesidad de lo que Quine llama significados. Pero la pro­
puesta de Quine, como otras formas de verificadonismo,
conduce al escepticismo, ya que, claramente, las estimula­
ciones sensoriales de una persona podrían ser precisamente
como son y en cambio el mundo exterior podría ser muy di­
ferente. (Recordemos el cerebro en la cubeta.)*

El modo en que Quine prescinde de ios significados es
sutil y complicado. Vincula los significados de algunas ora­
ciones directamente a patrones de estimulación (que, en su
opinión, constituyen también la evidencia para asentir a la
oración), pero los significados de las demás oraciones están
determinados por el modo en que las Oraciones originales,
u oraciones de observación, los condicionan. Los hechos re­
lativos a ese condicionamiento no; permiten una distinción
tajante entre oraciones que se consideran verdaderas en vir­
tud del significado y oraciones que se consideran verdade­
ras sobre la base de la observación. Quine formuló esta te­
sis mostrando que si una forma de interpretar las emisiones
de un hablante era satisfactoria, también lo eran muchas
otras. Esta doctrina de la indeterminación de la traducción,
como Quíne la denominó, no debería considerarse ni miste­
riosa ni amenazante. No es más misteriosa que el hecho de
que la temperatura pueda medirse en grados centígrados o
Fahrenheit (o cualquier transformación lineal de estos nú­
meros). Y no es amenazante porque eí mismo procedimien­
to que demuestra el grado de indeterminación demuestra al
mismo tiempo que lo que está determinado es todo lo que
necesitamos.

En mi opinión, la supresión de la línea divisoria entre lo
analítico y lo sintético salvó la filosofía del lenguaje como un
campo de estudio serio al mostrar cómo podría cultivarse
sin aquello que no puede haber: significados determinados.
Lo que ahora sugiero es que abandonemos también ía dís-

* Alude Davidson con esto a un famoso artículo de Hilaiy Putnam
en el que se plantea, mediante un ejemplo de ciencia ficción, eí vie­
jo reto cartesiano sobre la posibilidad de que todas nuestras creen­
cias basadas en los sentidos fuesen sistemáticamente erróneas. (T.)

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tinción entre oraciones de observación y el resto, pues la
distinción entre oraciones en cuya verdad está justificada la
creencia por sensaciones, y oraciones en cuya verdad está
justificada la creencia solamente por mediación de otras
oraciones es tan anatema para eí partidario de la coherencia
como la distinción entre creencias justificadas por sensacio­
nes y creencias justificadas solamente por apelación a otras
creencias. En consecuencia, sugiero que abandonemos la
idea de que el significado o el conocimiento se fundamenten
en algo que valga como fuente última de evidencia. Sin
duda, el significado y el conocimiento dependen de la expe­
riencia y ésta a su vez depende en último término de la sen­
sación. Pero este «depende» es e! de la causalidad, no el de la
evidencia ó la justificación.

He planteado mi problema lo mejor que he podido. La
búsqueda de un fundamento empírico para el significado o
para el conocimiento conduce al escepticismo, mientras que
una teoría de la coherencia parece estar en aprietos cuando
se trata de proporcionar a un sujeto de creencias alguna ra­
zón para creer que sus creencias, si son coherentes, son ver­
daderas. Estarnos atrapados entre una respuesta errónea al
escéptico y la falta de respuesta.

Este no es un dilema genuino. Lo que se necesita para
responder al escéptico es mostrar que alguien que posea un
conjunto de creencias (más o menos) coherente tiene una ra­
zón para suponer que sus creencias no son en su mayor par­
te erróneas. Lo que hemos puesto de manifiesto es que re­
sulta absurdo buscar un fundamento que justifique la totali­
dad de las creencias, algo situado fuera de dicha totalidad
que podamos usar para poner a prueba nuestras creencias o
compararlas con eüo. La respuesta a nuestro problema,
pues, ha de ser el hallazgo de una razón para suponer que la
mayoría de nuestras creencias son verdaderas que no sea sin
embargo una forma de evidencia.

Mi argumento tiene dos partes. En primer lugar, insistiré
en eí hecho de que una comprensión correcta del habla, creen­
cias, deseos, intenciones y otras actitudes proposicionales de
una persona lleva a la conclusión de que la mayoría de las

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raetúe con la primera, no puede haber respuesta a esa pre­
gunta. Y si no puede haber respuesta a la pregunta sobre
aquello que una criatura quiere decir, desea, cree o pretende,
no tiene sentido sostener que esa criatura tiene pensamien­
tos. Podemos, pues, decir, corno preámbulo de la respuesta a
la pregunta con la que comenzamos, que, antes de que cual­
quiera pueda tener pensamientos, ha de haber otras criatu­
ras (ima o más) que interactúen con el hablante. Pero, desde
luego, esto no puede ser suficiente, puesto que la simple in­
teracción no muestra de qué modo importa esa interacción a
las criaturas involucradas. A menos que pueda decirse que las
criaturas afectadas reaccionan a la interacción, no hay for­
ma de obtener ventajas cognitivas de la triple relación que
da contenido a la idea de que reaccionan mejor a una que a.
otra.

He aquí, pues, parte de lo requerido. La interacción ha
de hacerse accesible a las criaturas involucradas en ella. Así,
el niño, al aprender la palabra «mesa», ya ha advertido efec­
tivamente que las respuestas del educador son similares (re-
muneradoras) cuando sus propias respuestas (emisiones de
la palabra «mesa») son similares. El educador, por su parte,
está adiest rand o al niño para que responda de fo rro a similar
a lo que él (el. educador) percibe como estímnlos similares.
Para que esto funcione, es claro que las respuestas innatas
del niño y el educador a la similitud -aquello que de forma
natural agrupan conjuntamente- han de ser muy parecidas,
pues en otro caso el niño responderá a lo que el educador
considera corno estímulos similares de maneras que el edu­
cador no encuentra similares. Una condición para ser un ha­
blante o nn intérprete es que ha de haber otros que se parez­
can lo suficiente a uno mismo.

Vamos ahora a reunir las dos observaciones. En primer
lugar, si alguien tiene pensamientos, ha de haber otro ser
sensitivo cuyas respuestas innatas a la similitud se parezcan
lo bastante a las suyas para proporcionarle una respuesta a
la siguiente pregunta: ¿cuál es el estímulo al que está res­
pondiendo? Y, en segundo lugar, si las respuestas de alguien
han de valer como pensamientos, han de tener el concepto

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de un objeto; el concepto del estímulo: del timbre o de mesa.
Puesto que el timbre o tina mesa se identifican sólo por la
intersección de dos (o más) conjuntos de-respuestas a la si­
militud (lineas de pensamiento, podríamos casi decir), tener
el concepto de lina mesa o de un timbre es reconocer la exis­
tencia de un triángulo uno de cuyos vértices es uno mismo,
otro una. criatura similar a uno mismo y el tercero un objeto
o evento (mesa o timbre) localizado en un espacio que se
convierte así en común.

La única forma de saber que el segundo vértice, la se­
gunda criatura o persona, reacciona al mismo objeto que
uno mismo es saber que esa otra persona tiene en mente el
mismo objeto, Pero entonces la segunda persona ha de saber
también que la primera constituye un vértice del mismo
triángulo otro de cuyos vértices es ocupado por él mismo.
Para que dos personas sepan la una de la otra que se hallan
en esa relación, que sus pensamientos se relacionan de ese
modo, es necesario que estén en comunicación. Cada una de
ellas ha de hablar a la otra, y ser entendida por ella.

Si estoy en lo cierto, la creencia, la intención y las demás
actitudes proposicionales son de carácter social en cuanto
que dependen de la posesión del concepto de verdad objeti­
va. Este es un concepto que no se puede tener sin compartir­
lo con alguien más, y saber que se comparte con él, un mun­
do y una forma de pensar sobre el mismo.

Nota.: Este conciso artículo se inspira en trabajos recientes dei au­tor en los que puede hallarse un tratamiento más extenso de las te­sis principales. Véase: «Rational Animáis», Dialéctica, 36 (1982), págs. 317-327; «First Person Authority», Dialéctica, 38 (1984), págs. lOi-111; «A Coherente T.heory of Tmth and Knowledge», en Truth
and interpretation: Perspectives on the Philosophy of Donald
Davidson, E. LePore, comp., Blaekwell, 3986; «Knowing One’s Own Mínd», Proceedings and Addresses o f the American Philosophical
Association, 1987, págs. 441-458. [Los dos últimos artículos están traducidos en el presente volumen bajo los títulos respectivos de «Verdad y conocimiento: una teoría de la coherencia» y «El conoci­miento de la propia mente». T.]

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