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Joseph Fort-Newton



LOS ARQUITECTOS


The Architects





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Joseph Fort-Newton – Los Arquitectos


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A la memoria de Teodoro Sutton Parvin, fundador de la Biblioteca de la Gran Logia de
Iowa, con reverencia y gratitud; a Luis Block, Ex Gran Maestro de los masones de Iowa,
querido Hermano y Compañero, que inició e inspiró este estudio con amor y afecto; y a los
jóvenes masones, esperanza y orgullo nuestro, para quienes escribí este libro, fraternalmente.







“Cuando en otra vida fui rey y masón, - hábil y célebre arquitecto -, abrí un claro
en el bosque y erigí un palacio suntuoso y real, y ahora he descubierto las ruinas del
palacio que un rey edificara, sepultadas en el polvo implacable de los años”.

Kipling

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palabra para referirse a un “dry-diker”, o sea, “uno que construye sin cemento”, esto es, un
masón que no tiene la palabra. Desgraciadamente, todavía nos quedan cowans en este
sentido: gentes que intentan ser masones, sin emplear el cemento del amor fraternal. ¡Si
fuera posible tan sólo cerrarles las puertas de los templos masónicos! Balckstone describe a
los eavesdropper o fisgoneadores diciendo que son “seres enojosos para todos, que
merecen ser discretamente castigados”. Dice la leyenda que los masones de antiguos
tiempos castigaban a estas personas de presa, deseosas de aprender sus signos y secretos,
atándoles a los aleros de los tejados para que el agua los empapase. Ignoramos qué castigos
les infligirían en tiempo seco – eavesdropper o fisgoneador, etimológicamente significa en
inglés el que se descuelga por el alero para curiosear o escuchar -. De todas formas, lo
cierto es que despreciaban a todo aquel que intentaba utilizar los signos del oficio sin
conocer ni su arte ni su ética).

Así comenzaba el trabajo de cada día, y así iba erigiéndose la catedral como un
monumento de la Orden, a pesar de que se perdían y daban al olvido los nombres de
quienes la edificaron. No debe extrañarnos que los Francmasones llegaran a quererse y a
sentir lealtad por su orden peculiar, perdurable y única, pues trabajaban durante muchos
años en la misma construcción y vivían juntos. Hasta nuestros tiempos han llegado las
tradiciones de sus diversiones y alegrías, de sus cantos de fiesta, de sus días de gala que nos
relatan cuán genuina era su alegría. Si es cierto que su vida era recia y llena de vicisitudes,
también lo es que tenía su encanto de amistad, de simpatía, de servicio, de comunidad de
intereses y la dicha que produce la dedicación a un arte noble.

Cuando un Masón deseaba salir de una Logia e ir a trabajar a otra parte, lo cual
podía hacer siempre que quisiera, no tenía dificultad en darse a conocer a los hombres de su
oficio por medio de signos, toques y palabras (Asunto es este sugestivo en extremo, pues
hasta en los tiempos primitivos parece haber existido un lenguaje universal de signos,
empleados, a veces, por todos los pueblos. Los signos empleados por tribus distantes se
parecían mucho, debido, quizás, a que eran gestos naturales con los que expresaban la
bienvenida, o sentimientos de angustia, etcétera. Hasta en la Biblia encontramos vestigios
de lo que decimos, cuando leemos que la vida de Ben-Hadad se salvó por hacer un signo.
También los indios del Norte de América tenían una clave de signos – Indian Masonry, de
R. C. Wright, capítulo III -. “Ellis, valiéndose de sus conocimientos de Maestro Masón,
logró entrar en la parte sagrada o aditum de uno de los templos de la India” – Anacalipsis,
G. Higgins, tomo I, pág. 767 -. Véase la aventura que a Haskett Smith le ocurrió entre los
drusos, de los cuales ya hemos hablado – A. Q. C., IV, II -. Kipling está verdaderamente
desacertado en su obra “El hombre que quería ser Rey”, en la que toma como tema
fundamental los signos masónicos. Si las logias masónicas conservan no pocos de los
antiguos signos del lenguaje de la raza, de debe a las exigencias del arte, al instinto de la
orden por lo antiguo, lo universal y lo humano, y a su anhelo de valerse de todas las formas
y modos con que puede atraerse a los hombres para que se conozcan y amen).

Los hombres que recorrían largas distancias en aquellos días de incertidumbre
tenían necesidad de saber ciertos signos con que reconocerse, especialmente cuando no era
posible identificar a los individuos por referencias. La gente sólo sabía que los masones
tenían una clave de signos y que a ninguno de ellos le faltaban amigos ni ayuda cuando
otros compañeros suyos podían oírle o verle. Steele habla en el “Tatler” , o Charlatán, de
cierta clase de gentes que “se valían de signos y toques como los Francmasones”.

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Existieron bastantes de estos signos, como puede verse en el Manuscrito Harleiano por
ejemplo, en donde se habla de “palabras y signos”. No hemos de discutir cuáles fueron
éstos, pero baste decir que, si algún Maestro Masón de la Edad Media pudiera volver del
reino de los sombras, se daría a conocer fácilmente en una Logia actual. Sin duda que
algunas cosas le desconcertarían al principio, pero pronto reconocería a los oficiales de la
Logia, su forma, emblemas, las luces del Altar y la verdad moral que enseñan sus símbolos.
Además, podría él explicarnos mucho de lo que anhelamos conocer sobre aquellos lejanos
tiempos, dándonos detalles de sus ocultos misterios y ritos y de la significación de sus
símbolos, cuando la poesía de la edificación subsistía todavía.


III


Esto nos lleva a uno de los problemas más calurosamente debatidos de la historia
masónica: la cuestión del número y naturaleza de los grados que se conferían en las
antiguas logias del oficio. Difícilmente encontraríamos otro problema que haya interesado
tanto a los arqueólogos de la Orden como éste, y, aunque es difícil llegar a una conclusión
definitiva, vamos a resumir el resultado de las investigaciones actuales sobre este asunto
(Una vez más hemos de citar las investigaciones de la Quatuor Coronari Lodge, que son
indudablemente las mejores en su género. Los estudios de W. J. Hughan que arguyen en
pro de la existencia de un solo grado en las logias antiguas y los de G. W. Speth, en pro de
los dos grados e indicios de un tercero, son suficientes para capacitarse del estado de la
cuestión – A. Q. C., tomo X, 127; tomo IX, 47. Más adelante estudiaremos lo del grado
tercero). Parece no ser cierta la hipótesis de que existiera un solo grado pero, de todos
modos, tenemos datos suficientes para no estar enteramente a merced de conjeturas. César
Cantú afirma que los Maestros Comacinos “eran convocados por un Gran Maestre a la
Logia para tratar de los asuntos comunes a la Orden, recibir novicios, y conferir a otros
grados superiores” (Historia de cómo, vol. I, 440). Abundan los datos evidentes similares
a éste, pero creemos que podrán evitarse muchos errores si se tiene en cuenta lo siguiente:


Primero: que durante su período puramente artesano el ritual masónico fue menos
formal y complicado de lo que después llegó a ser, ya que la vida constituía entonces una
especie de ritual y los símbolos se tenían siempre presentes al trabajar. Por la misma razón,
a medida que la masonería dejó de estar constituida únicamente por trabajadores manuales
e iba admitiendo a quienes no eran arquitectos, se fue haciendo más necesaria (y muy
formal, como decía Dugdale en 1686. Natural History of Wiltshire, escrita por Juan
Aubreyen, 1686, pero no publicada) la complicación de los ritos, para representar por
medio de ceremonias lo que hasta entonces era patente en los símbolos y en la práctica.

Segundo: que con la decadencia del antiguo arte arquitectónico religioso fueron
perdiendo su esplendor los simbolismos, sobreviviendo su forma, obscureciéndose su
significación o perdiéndose por completo. ¿Quién puede conocer, aunque consulte “The
Great Symbol” de Klein (A. Q. C., tomo X, 82), por ejemplo, lo que Pitágoras quiso
significar en sus Tetractys menores y mayores a pesar de que parece evidente de que eran
algo más que meros teoremas matemáticos?. Pues de igual manera, están velados algunos
de los símbolos de nuestras logias o tienen significados inventados después de la

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encaminarlo hacia la Ciudad de Dios?. Esto es lo que ella hace por todo el que la escucha y
la ama, por quien anida su verdad en el corazón.

La Masonería presenta ante los ojos de los que se reúnen ante su altar una visión y
una fe elevadas, bellas e inefablemente espléndidas, evocando por medio de sus
ceremonias, parábolas y símbolos la verdad pura y sublime alcanzada después de muchos
siglos de esfuerzos y probada en el yunque del tiempo, verdad cuyo valor para dirigir la
conducta en la vida, se ha demostrado plenamente. Todo el que practique sus enseñanzas
alcanza la sabiduría, puesto que aprende a ser valiente y caballero, fiel y libre; a renunciar a
la superstición sin perder la fe; a conservar el equilibrio de la razón ante la falsedad de los
extremismos; a aceptar con júbilo los goces que le depare la vida, y a soportar con
paciencia y valor sus dolores; a observar la locura de los hombres, sin perder de vista su
dignidad, y, en una palabrada vivir pura, bondadosa, apaciblemente, siempre alerta y sin
temor alguno, en un mundo sano, con el corazón sereno y la antorcha de la esperanza
ardiendo. Quien sienta en su corazón esta lúcida y profunda sabiduría y llegue a vivirla, no
sentirá dolor ni miedo alguno cuando el sol de su vida entre en las sombras de la muerte.
¡Dichoso el que en sus primeros años, hace de la sabiduría su guía, filósofo y amigo!
(Aunque recalcamos aquí la influencia de la Masonería en la juventud, no debe olvidarse
que no es este el período más peligroso de la vida, sino la época que media entre los
cuarenta y sesenta años, cuando se apagan los entusiasmos de la juventud y su
romanticismo se difuma en la luz cruda de la vida diaria y monótona; cuando fácilmente se
renuncia a tener ideales y se endurece el corazón; cuando el cinismo reemplaza al
idealismo. Y, si los rudos juicios de la juventud se han de apaciguar con la caridad, los años
centrales de la vida necesitan del calor de la influencia espiritual y de la inspiración de una
santa atmósfera. Alberto Pike estimulaba a los hombres de edad para que estudiaran la
Masonería, con objeto de ayudarles a que reunieran sus dispersos pensamientos sobre la
vida y construyeran con ellos el edificio de su fe, porque la Masonería ofrece una gran
esperanza y un gran consuelo a los hombres).

Este es el ideal de la Masonería, al que debemos entregarnos en cuerpo y alma,
porque lo exige nuestra fidelidad a todo lo santo y porque confiamos en el poder de la
verdad, en la realidad del amor y en el supremo valor del carácter, ya que este ideal es tanto
más real, tangible y efectivo cuanto más se le encarna en la vida real, Dios trabaja para el
hombre por medio del hombre, y, rara vez, por otro procedimiento. Él nos pide nuestra voz
para decirnos Su verdad, y nuestras manos, para realizar su obra aquí en la tierra, manos
puras y voces suaves para que la libertad y el amor prevalezcan contra la injusticia y el
odio. No todos podemos ser sabios o famosos, pero, en cambio, todos podemos ser leales y
sinceros de corazón, todos podemos librarnos del mal, mantenernos impertérritos ante el
error, hacer justicia y ayudar a las almas hermanas. La vida es capacidad para cosas
sublimes. Hagamos de ella la persecución de lo sublime, la incesante y vehemente
búsqueda de la verdad; hagamos de ella una noble utilidad, un elevado honor, tina sabia
libertad y un verdadero servicio, para que el Espíritu de la Masonería se engrandezca y
glorifique en nosotros.

¿Cuándo se puede considerar que un hombre es Masón?. Cuando contempla los
ríos, las colinas y el lejano horizonte, y siente su pequeñez ante el universo, sin perder, no
obstante, la fe, la esperanza y el valor, que es la raíz de toda virtud. Cuando sepa que todos
los hombres son tan nobles, tan viles, tan divinos, tan diabólicos, tan solitarios como él, y

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trate de conocerlos, perdonarlos y amarlos. Cuando sepa cómo simpatizar con las tristezas y
hasta con los pecados de los hombres, conocedor de que todos combatimos rudamente
contra terribles enemigos. Cuando haya aprendido a hacer amigos y a conservarlos y, sobre
todo, a ser amigo de sí mismo. Cuando ame las flores, pueda cazar las aves por el poder del
amor, y sienta vibrar en su corazón una antigua alegría al ver reír a los niños. Cuando pueda
ser dichoso y conservar la serenidad de su alma en el tráfago penoso de la vida. Cuando los
árboles florecidos y el reflejo del sol en las aguas viajeras le subyuguen como el recuerdo
de un ser muy amado y hace mucho tiempo muerto. Cuando ninguna voz de agonía llegue
en vano a sus oídos y no se tienda ninguna mano hacia él que no reciba respuesta. Cuando
sepa que son buenas todas las creencias que ayudan al hombre a asirse a lo divino y a ver
mayestáticos significados en la vida. Cuando pueda asomarse a un charcal y ver algo
allende el cieno; contemplar el rostro del hombre más vil, y ver algo allende el pecado.
Cuando sepa cómo ha de orar, cómo ha de amar, cómo ha de esperar. Cuando haya sido fiel
consigo mismo, con Dios y con los hombres, asiendo en la mano una espada para combatir
el mal y cuando sienta cantar en su corazón la alegría del vivir de manera tan solemne que
apague el sordo temor a la muerte. Quien quiera encontrar el secreto verdadero de la
Masonería, ha de entregarse por completo al servicio del mundo.

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