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Page 1

El lenguaje
silencioso
Edward T. Hall

Page 2

E í n el cotidiano inter­
cambio de las relaciones
humanas, El lenguaje si­
lencioso juega un papel de
vital importancia. Edward
T. Hall -uno de los más
célebres antropólogos es­
tadunidenses analiza en
este libro las diversas ma­
neras en que las personas
“ hablan” unas con otras
sin hacer uso de las pala­
bras. La ley del más fuerte
en un gallinero, la feroz ri­
validad en el patio de un
colegio, cada acción y ges­
to inconscientes, todo ello
constituye el vocabulario
del lenguaje silencioso.
Según Edward T. Hall, los
conceptos de espacio y
tiempo son instrumentos
con los que todos los seres
humanos pueden transmi­
tir mensajes. El espacio,
por ejemplo, es el resulta­
do de la defensa instintiva

de su cubil por parte de
un animal, y se refleja en
la sociedad humana en la
celosa defensa que llevan
a cabo los oficinistas de su
mesa de trabajo, o en el
patio protegido y tapiado
de una casa latinoamerica­
na. De forma similar, el
concepto de tiempo, que
varía desde la precisión
occidental a la vaguedad
oriental, se revela en la
actitud del hombre de ne­
gocios que significativa­
mente hace esperar a un
cliente o, en el caso del is­
leño del sur del Pacífico,
que mata a su vecino por
una injusticia que cometió
veinte años atrás.

L o s N o v e n t a
C U L T U R A C R Í T I C A DE N U E S T R O T I E M P O

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Edward T. Hall

de ordenar y localizar los diferentes términos espaciales a
partir de las escasas indicaciones que les proporcionan
los demás. Trátese de explicar a un niño de cinco años la
diferencia entre las afueras donde uno vive y la ciudad
donde va de compras su esposa. Será una tarea frustrante
porque a esa edad sólo comprende donde vive él La
habitación, la casa, el lugar en la mesa son los sitios que
se aprenden antes.

La razón por la que la mayoría de los americanos
experimentan dificultades en el colegio con las asignaturas
de geografía o de geometría se deriva de que el espacio
como sistema informal cultural es distinto del espacio
elaborado técnicamente en las clases de geografía y mate­
máticas. En justicia debeipos decir que otras culturas
tienen problemas similares ( Sólo un adulto muy perspicaz
se da cuenta de que para el niño existe una dificultad real
en su aprendizaje de lo espacial^ debe coger lo que al pie
de la letra es al^o difuso y aislar los puntos significativos
de lo que esta diciendo el adulto. Algunas veces los
adultos se impacientan innecesariamente con los niños
porque no comprenden. La gente no entiende que el
niño ha oído a personas mayores hablar de lugares dife­
rentes y está tratando de imaginar, por lo que escucha, la
diferencia entre el sitio en que se encuentra y esos otros
de los que hablan. Respecto a esto, debe señalarse que
los primeros indicios que sugieren a los niños que una
cosa es distinta de otra provienen de los cambios en los
tonos de voz, que canalizan la atención por caminos muy
sutiles pero importantes. Cuando se habla un lenguaje
completamente desarrollado, como es nuestro caso, es
difícil recordar que hubo un tiempo en el que no podíamos
hablar en absoluto y en el que el proceso comunicativo
en su conjunto se llevaba a cabo por medio de variaciones
en el tono de la v q z . Ese lenguaje primitivo permanece
en el subconsciente y funciona sin que nos demos cuenta,
de modo que tendemos a olvidar el enorme papel que
juega en el proceso de aprendizaje.

Continuando con nuestro análisis de la manera en que
el niño hace su aprendizaje del espacio, volvamos al

El lenguaje silencioso 1H1

concepto que tiene de lo que es una carretera. Al principio
una carretera es cualquier cosa sobre la que se va
conduciendo. Esto no significa que él no pueda decir
cuándo se toma una desviación equivocada. Puede hacerlo,
e incluso con frecuencia corregirá un error cuando se
comete, lo cual sólo quiere decir que todavía no ha
descompuesto la carretera en sus componentes básicos y
que hace la distinción entre esa carretera y otra, de la
misma manera que aprende a distinguir entre el fonema d
y el fonema b en posición inicial en el lenguaje hablado.

Usando las calles como contraste en los cruces de
culturas, el lector recordará que París (Francia), una
ciudad antigua, tiene un sistema de nomenclatura de las
calles que desconcierta a la mayoría deTos americanos.
Los nombres de las calles cambian según se avanza.
Tomemos, por ejemplo, la Rué St.-Honoré, que se
convierte en Rué du Faubourg St.-Honoré, Avenue des
Temes y Avenue du Roule. El niño que crece en París,
sin embargo, no tiene más dificultad en aprender su
sistema que los niños americanos en aprender el nuestro.
Nosotros enseñamos a los nuestros a fijarse en las inter­
secciones y las direcciones y a aue cuando algo ocurre, es
decir, cuando hay un cambio de rumbo en uno de estos
puntos, puede esperarse que el nombre cambie. En París
el niño aprende que cuando pasa ante ciertas señales,
como edificios muy conocidos o estatuas, el nombre de
la calle cambia.

Es interesante y aleccionador observar a niños muy
pequeños mientras aprenden su cultura. Reconocen muy
rápidamente que tenemos nomBres'para algunas cosas y
no para otras. Primero identifican el objeto completo o
el conjunto, por ejemplo una habitación; luego empiezan
a fijarse en otros objetos de menor entidad, como libros,
ceniceros, abridores de cartas, mesas y lápices. Al hacer
eso realizan dos cosas: primero, descubren cuánto deben
bajar en la escala al identificar las cosas; segundo, aprenden
cuáles son los aislados y las pautas con los que se maneja
el espacio y la nomenclatura de los objetos. Los primogé
nitos son frecuentemente mejores sujetos de estudio qu<*

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los que les siguen porque, al haber aprendido del modo
más difícil, enseñará al segundo sin implicar a los padres.

La niña pregunta «¿Qué es esto?» apuntando a un
lápiz. Usted contesta: «Un lápiz». Ella no se queda
satisfecha y dice: «No, esto», señalando el cuerpo del
lápiz y dejando claro lo que quiere saber. Entonces usted
dice: «Oh, eso es la madera del lápiz». La niña mueve el
dedo un centímetro y pregunta: «¿Qué es esto?», y usted
contesta: «La madera». El proceso se repite y usted dice:
«Esto es todavía la madera; y esto, y esto. Todo ello es la
madera del lápiz. Esto es la madera, esto es la punta, y
esto es la goma de borrar y esto es la pequeña pieza de
estaño que sujeta la goma». Luego ella podría señalar la
goma y usted descubrir que todavía la niña está tratando
de descubrir cuáles son las líneas divisorias. Consigue
sacar en limpio que la goma tiene una parte superior y
unos lados, pero nada más. También aprende que no hay
forma de decir la diferencia que existe entre un lado y
otro y que no hay etiquetas para las partes de la punta,
aunque se hagan distinciones entre ella y el resto del
lápiz. Puede deducir de ello que los materiales a veces
marcan una diferencia pero otras veces no. Las áreas
donde empiezan y terminan las cosas suelen ser impor­
tantes, mientras que los puntos intermedios se ignoran a
menudo.

La importancia de todo esto se me hubiera escapado
sin duda si no hubiera sido por una experiencia que tuve
en el atolón de Truk. En una serie de estudios sobre
tecnología bastante detallados, había avanzado hasta un
punto en que tenía que obtener la nomenclatura de la
canoa y del cuenco de madera que se utiliza para comer.
Para ello era necesario que diera los mismos pasos que ,
dan los niños, es decir, señalar las diferentes partes
cuando creía que tenía la pauta y preguntar si había
cogido bien el nombre. Cojnao descubrí en seguida, su
sistema para dividir el microespació era radicalmente
distinto del nuestro. La gente de Truk trata los espacios
abiertos, en los que no hay líneas divisorias (tal como
nosotros las conocemos), como completamente delimita­

El lenguaje silencioso

dos. Cada área tiene un nombre. Por otra parte, no lun
desarrollado una nomenclatura para los bordes de* los
objetos tan elaboradamente como lo han hecho los oct i
dentales. El lector no tiene más que recordar los bordes
de las tazas y la cantidad de formas diferentes en oue se
puede referir uno a ellos. El borde puede ser cuadrado,
redondo o elíptico en sección transversal; recto, acampa
nado o curvo por dentro; liso o decorado, ondulado o
plano. Esto no quiere decir que la gente de Truk no
elabore los bordes. Lo hacen; significa simplemente que
nosotros tenemos formas de hablar de lo que hacemos,
pero no tantas como ellos de hablar sobre lo que ocurre
en los espacios abiertos. Separan partes que nosotros J
consideramos «empotradas» en el objeto.

La decoración o la talla de un cuenco en forma de
canoa se estima separada o distinta del borde en el que se
ha tallado. Tiene su esencia propia. A lo largo de la qui­
lla de la canoa, la talla, llamada clounefatch, tiene caracte­
rísticas con la§ que adorna a aquélla. La canoa es una
cosa, el chunefatch otra. En los lados del cuenco, los es­
pacios libres sin marcas claras tienen nombres. Tales |
distinciones en la división del espacio hacen increíblemente
complicada la solución de las reivindicaciones de terrenos
en estas islas. Los árboles, por ejemplo, se consideran se­
parados del suelo en el que crecen. Uno puede ser el
propietario de los árboles y otro el de la tierra que está
debajo.

Benjamín WhorL al describir cómo se reflejan en el
lenguaje de los hopK sus conceptos sobre el espacio,
menciona la ausencia de términos para designar los espa­
cios interiores tridimensionales, la falta de palabras como
«habitación», «cámara», «vestíbulo», «pasillo», «interior»,
«celda», «cripta», «sótano», «ático», «desván» y «bodega».
Esto no altera el hecho de que tengan viviendas de
muchas habitaciones e incluso destinen éstas a usos
especiales, como el almacenamiento, la molienda del
grano y cosas por el estilo.

Whorf observa también que a los hopis les es imposible
añadir un pronombre posesivo a la palabra que designa la

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ello un cambio en la pauta de interacción. Le costaba
más expresarse. Si me movía hasta el punto en que me
encontraba a gusto (como 21 pulgadas) *, se mostraba
desconcertado y dolido, casi como si estuviera diciendo:
«¿Por qué actuará así? Aquí estoy yo haciendo todo lo
que puedo para resultar amable y, sin embargo, él se
aparte. ¿Habré hecho algo mal? ¿Habré dicho algo que
no debiera?». Al confirmar que la distancia surtía un
efecto directo en la conversación, me quedé quieto y dejé
que fuera él el que la marcase.

El mensaje vocal no sólo está mediatizado por el
manejo del espacio, sino que el contenido de una conver­
sación puede exigir a menudo un tratamiento particular
del mismo. Hay ciertas cosas de las que es difícil hablar
si no se está dentro de la zona conversacional apropiada.

No hace mucho recibí unas semillas y unos productos
químicos junto con la indicación de que si plantaba las
semillas, esos productos las harían crecer. Poco conocedor
de los cultivos hidropónicos —sólo sabía que deben
dejarse suspendidas las plantas sobre el fluido en el que
se disuelven los productos químicos—, me fui a buscar
una maceta adecuada. En todas las floristerías me miraban
con incredulidad y me forzaban a repetir, dando explica­
ciones detalladas, qué era exactamente lo que quería y
cómo funcionaban los cultivos hidropónicos.

Mi ignorancia sobre los hidropónicos y las tiendas de
flores hizo que me sintiera algo incómodo, por lo que no
me comuniqué de la forma en que acostumbro cuando
estoy hablando de un tema conocido en un lugar que me
es familiar. El papel que desempeña la distancia en la
comunicación se me hizo evidente cuando entré en una
tienda que estaba llena de bancos separados unos de
otros por unas 21 pulgadas. Al otro lado estaba la
propietaria, que estiró el cuello como para ver por
encima de ellos, alzó la voz ligeramente para que alcanzara
el nivel apropiado, y dijo «¿Qué desea usted?». Contesté

* «Una pulgada equivale a 2,54 cm. Veintiuna pulgadas equivalen
aproximadamente a medio metro». (N. de la T.).

El lenguaje silencioso

«Estoy buscando un tiesto hidropónico». «¿Qué clase d«
tiesto?», preguntó todavía con el cuello estirado. Llegado
a ese punto, me encontré saltando por encima de los
bancos en un intento de acortar el espacio que nos
separaba. Me resultaba sencillamente imposible hablar de*
un tema como ése y en aquel escenario a una distancia de
15 pies. No fui capaz de expresarme con cierta comodidad
hasta que me hallé sólo a tres pies de ella"'.

Otro ejemplo sonará a los millones de civiles que
sirvieron en el ejército durante la Segunda Guerra Mun­
dial. Los militares, al verse en la necesidad de tratar
técnicamente asuntos que normalmente se manejan de
un modo informal, cometieron un error al regular las
distancias requeridas para informar a un superior. Todo
el mundo sabe que la relación entre los oficiales y otras
personas conlleva ciertos elementos que exigen distancia
y una actitud impersonal. Las instrucciones para informar
a un superior eran que el oficial de inferior graduación se
acercara hasta un punto situado a tres pasos del frente de
la mesa de su superior, se parara, saludara, dijera su
graduación, nombre y el asunto que le llevaba allí: «El
teniente X informando como se le ha ordenado, señor».
¿Qué normas culturales viola este procedimiento y qué
es lo que comunica? Viola las convenciones respecto al
uso del espacio. La distancia es demasiado grande, se
excede por lo menos en dos pies, y no es adecuada a la
situación. La distancia normal para hablar de asuntos de
negocios, en los que al principio prevalece una cierta
actitud impersonal, es de cinco y medio a ocho pies. La
requerida por el reglamento del ejército está al borde de
lo que podríamos llamar «lejos». Esto provoca automáti­
camente la contestación en voz muy alta, lo que va en
contra del respeto que debe mostrarse al oficial de rango
superior. Hay también, por supuesto, muchos asuntos
de los que es imposible hablar a esa distancia, por lo que
muchos oficiales del ejército que individualmente lo re-

* «Un pie equivale a 30,48 centímetros. Quince pies equivalen a
algo más de cuatro metros y medio». (N. de la T.).

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1V4 Edward T. Hall

conocen, hacen sentirse menos incómodos a los soldados
y a los oficiales subalternos diciéndoles que se sienten o
permitiéndoles que se acerquen más. No obstante, la
primera impresión es que el ejército pone las cosas
difíciles.

Para los americanos se asocian con unas distancias
específicas los siguientes cambios de voz:

Susurro suave; muy secre­
to.

1. Muy cerca (de 3 a 6 pul
gadas) [de 7,5 a 15 crn.]

2. Cerca (de 8 a 12 pulga­
das) [de 20 a 30 cm.]

3. Cercano (de 12 a 20 pul­
gadas) [de 20 a 50 cm.]

4. Neutral (de 20 a 36 pul ­
gadas) [de 50 a 90 cm.]

5. Neutral (de 4,5 a 5 pies)
[de 1,35 a 1,50 cm.]

6. Distancia publica (de 5,5
a 8 pies) [de 1,65 a 2,45
cm.]

7. De un extremo a otro de
la habitación (de 8 a 20
pies) [de 2,45 a 6 m.]

8. Alcanzando los límites de
la distancia

Susurro audible; muy con­
fidencial.
En interior, voz suave; en
exterior, voz llena; confi­
dencial.
Voz suave, volumen bajo;
asunto personal.
Voz llena; información de
tipo no personal.
Voz llena ligeramente alta;
información pública para
que la oigan otros.
Voz alta; hablando a un
grupo.

En interior, de 20 a 24 pies
[de 6 a 7,30 cm.]; hasta 100
pies [30,5 m.] en exterior;
saludos, despedidas.

En Latinoamérica la distancia de interacción es mucho
menor que en Estados Unidos. En efecto, la gente no
habla a gusto a no ser que se encuentre muy cerca de la
distancia que en Norteamérica provoca sentimientos hos­
tiles o estímulos sexuales. El resultado es que, cuando
ellos se acercan, nosotros retrocedemos y nos apartamos.



El lenguaje silencioso

En consecuencia, piensan que somos distantes o fríos,
reservados y poco amistosos. Nosotros, por nuestra
parte, les acusamos constantemente de atosigarnos, em­
pujarnos y echarnos el aliento encima.

Los americanos que han pasado algún tiempo en Lati­
noamérica ignorando estas consideraciones espaciales uti­
lizan otras formas de adaptación, como escudarle detiás
de sus escritorios y poner sillas y mesas con máquinas de
escribir a su alrededor para mantener a los latinos a la
distancia que nos es cómoda. El resultado es que pasan
por encima de los obstáculos hasta que llegan a la
distancia en que les es fácil hablar.

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